Thomas Alba Edison
Inventor norteamericano, el más genial de la era moderna. Su madre logró despertar la inteligencia del joven Edison, que era alérgico a la monotonía de la escuela. El milagro se produjo tras la lectura de un libro que ella le proporcionó titulado Escuela de Filosofía Natural, de Richard Green Parker; tal fue su fascinación que quiso realizar por sí mismo todos los experimentos y comprobar todas las teorías que contenía. Ayudado por su madre, instaló en el sótano de su casa un pequeño laboratorio convencido de que iba a ser inventor.
A los doce años, sin olvidar su pasión por los
experimentos, consideró que estaba en su mano ganar dinero contante y
sonante materializando alguna de sus buenas ocurrencias. Su primera
iniciativa fue vender periódicos y chucherías en el tren que hacía el
trayecto de Port Huron a Detroit. Había estallado la Guerra de Secesión y
los viajeros estaban ávidos de noticias. Edison convenció a los
telegrafistas de la línea férrea para que expusieran en los tablones de
anuncios de las estaciones breves titulares sobre el desarrollo de la
contienda, sin olvidar añadir al pie que los detalles completos
aparecían en los periódicos; esos periódicos los vendía el propio Edison
en el tren y no hay que decir que se los quitaban de las manos. Al
mismo tiempo, compraba sin cesar revistas científicas, libros y
aparatos, y llegó a convertir el vagón de equipajes del convoy en un
nuevo laboratorio. Aprendió a telegrafiar y, tras conseguir a bajo
precio y de segunda mano una prensa de imprimir, comenzó a publicar un
periódico por su cuenta, el Weekly Herald.
En
los años siguientes, Edison peregrinó por diversas ciudades
desempeñando labores de telegrafista en varias compañías y dedicando su
tiempo libre a investigar. En Boston construyó un aparato para registrar
automáticamente los votos y lo ofreció al Congreso. Los políticos
consideraron que el invento era tan perfecto que no cabía otra
posibilidad que rechazarlo. Ese mismo día, Edison tomó dos decisiones.
En primer lugar, se juró que jamás inventaría nada que no fuera, además
de novedoso, práctico y rentable. En segundo lugar, abandonó su carrera
de telegrafista. Acto seguido formó una sociedad y se puso a trabajar.
Perfeccionó
el telégrafo automático, inventó un aparato para transmitir las
oscilaciones de los valores bursátiles, colaboró en la construcción de
la primera máquina de escribir y dio aplicación práctica al teléfono
mediante la adopción del micrófono de carbón. Su nombre empezó a ser
conocido, sus inventos ya le reportaban beneficios y Edison pudo comprar
maquinaria y contratar obreros. Para él no contaban las horas. Era muy
exigente con su personal y le gustaba que trabajase a destajo, con lo
que los resultados eran frecuentemente positivos.
A
los veintinueve años cuando compró un extenso terreno en la aldea de
Menlo Park, cerca de Nueva York, e hizo construir allí un nuevo taller y
una residencia para su familia. Edison se había casado a finales de
1871 con Mary Stilwell; la nota más destacada de la boda fue el trabajo
que le costó al padrino hacer que el novio se pusiera unos guantes
blancos para la ceremonia. Ahora debía sostener un hogar y se dedicó,
con más ahínco si cabe, a trabajos productivos.
Su
principal virtud era sin duda su extraordinaria capacidad de trabajo.
Cualquier detalle en el curso de sus investigaciones le hacía vislumbrar
la posibilidad de un nuevo hallazgo. Recién instalado en Menlo Park, se
hallaba sin embargo totalmente concentrado en un nuevo aparato para
grabar vibraciones sonoras. La idea ya era antigua e incluso se había
logrado registrar sonidos en un cilindro de cera, pero nadie había
logrado reproducirlos. Edison trabajó día y noche en el proyecto y al
fin, en agosto de 1877, entregó a uno de sus técnicos un extraño boceto,
diciéndole que construyese aquel artilugio sin pérdida de tiempo. Al
fin, Edison conectó la máquina. Todos pudieron escuchar una canción que
había entonado uno de los empleados minutos antes. Edison acababa de
culminar uno de sus grandes inventos: el fonógrafo. Pero no todo eran
triunfos. Muchas de las investigaciones iniciadas por Edison terminaron
en sonoros fracasos. Cuando las pruebas no eran satisfactorias,
experimentaba con nuevos materiales, los combinaba de modo diferente y
seguía intentándolo.
En abril de 1879, Edison abordó las investigaciones
sobre la luz eléctrica. La competencia era muy enconada y varios
laboratorios habían patentado ya sus lámparas. El problema consistía en
encontrar un material capaz de mantener una bombilla encendida largo
tiempo. Después de probar diversos elementos con resultados negativos,
Edison encontró por fin el filamento de bambú carbonizado.
Inmediatamente adquirió grandes cantidades de bambú y, haciendo gala de
su pragmatismo, instaló un taller para fabricar él mismo las bombillas.
Luego, para demostrar que el alumbrado eléctrico era más económico que
el de gas, empezó a vender sus lámparas a cuarenta centavos, aunque a él
fabricarlas le costase más de un dólar; su objetivo era hacer que
aumentase la demanda para poder producirlas en grandes cantidades y
rebajar los costes por unidad. En poco tiempo consiguió que cada
bombilla le costase treinta y siete centavos: el negocio empezó a
marchar como la seda.
Su fama se propagó por el mundo
a medida que la luz eléctrica se imponía. Edison, que tras la muerte de
su primera esposa había vuelto a casarse, visitó Europa y fue recibido
en olor de multitudes. De regreso en los Estados Unidos creó diversas
empresas y continuó trabajando con el mismo ardor de siempre. Todos sus
inventos eran patentados y explotados de inmediato, y no tardaban en
producir beneficios sustanciosos. Entretanto, el trabajo parecía
mantenerlo en forma. Su única preocupación en materia de salud consistía
en no ganar peso. Era irregular en sus comidas, se acostaba tarde y se
levantaba temprano, nunca hizo deporte de ninguna clase y a menudo
mascaba tabaco. Pero lo más sorprendente de su carácter era su
invulnerabilidad ante el desaliento. Ningún contratiempo era capaz de
desanimarlo.
En los años veinte, sus conciudadanos le
señalaron en las encuestas como el hombre más grande de Estados Unidos.
Incluso el Congreso se ocupó de su fama, calculándose que Edison había
añadido un promedio de treinta millones de dólares al año a la riqueza
nacional por un periodo de medio siglo. Nunca antes se había tasado con
tal exactitud algo tan intangible como el genio. Su popularidad llegó a
ser inmensa. En 1927 fue nombrado miembro de la National Academy of
Sciences y al año siguiente el presidente Coolidge le hizo entrega de
una medalla de oro que para él había hecho grabar el Congreso. Tenía
ochenta y cuatro años cuando un ataque de uremia abatió sus últimas
energías.






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